Platero y yo es la obra de prosa poética más conocida en el mundo. Ambientada en Moguer (Huelva), lugar de nacimiento del genial escritor (premio Nóbel de literatura en 1956), la obra está llena de ingenio y realidades de la misma época española en la que se narra. Es un libro que despierta muchas emociones y sentimientos al lector y es muy recomendable para cualquier edad.
El argumento trata sobre las vivencias del propio Juan Ramón Jiménez con su querido burro Platero, un animal que trata como a un ser querido muy cercano. El escritor le cuenta sus altercados al burrillo, lo lleva a los mejores pastos de la región, lo cuida, lo acaricia continuamente y le habla de su familia. Platero tiene, realmente, sentimientos para el hombre. El fragmento expuesto a continuación es el comienzo del libro:
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”
Uno de los últimos capítulos del libro es, posiblemente el más hermoso y más sentido por autor y lector y se titula "La muerte":
"Encontré a Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fui a él, lo acaricié hablándole, y quise que se levantara...
El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada...No podía...Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir a su médico.
El viejo Darbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.
-Nada bueno, ¿eh?
No sé qué contestó...Que el infeliz se iba...Nada...que un dolor...Que no sé qué raíz mala...La tierra, entre la yerba...
A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apolillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...
Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...
En fin, una de mis obras favoritas dedicada “a la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles”

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